Friday, January 13, 2012

Peladillas after de Navidad

El sol se esconde tras el horizonte en Este Country Es Una Ruina. Un sol borracho de naranja  que ensombrece a campos de confetti  y  colinas de serpentinas. Los habitantes de Este Country se hacinan en las tintorerías para limpiar smokings y  lentejuelas:  churretes salseros, pegotes de mazapán y lengüetazos de carmín en  uniformes que dormirán en la cripta hasta la próxima Navidad. Las tintoreras se relamen los colmillos y se frotan las manos con repetición maníaca: son las únicas que no  comerán  mocos fritos a final de mes.  El status quo de Este Country Es una Ruina es de una chunguez inaudita y  los CountryRuinosos, viven entre el desconcierto y la  fe en el rey de la Navidad: El Barbash. El que hace nada fue coronado rey es   un tipo de gestos discapacitados que al sonreír pierde tres grados de cociente intelectual: “parece tan bueno… este no nos va a engañar”. El binomio tonto-bueno se estila mucho en este país. Tras conquistar la corona, el señor de barba blanca se piró a dar vueltas con el trineo y no ha dado muchas explicaciones,    “aunque dijo que lloverían miles de regalos en las próximas Navidades”. Y todos sueñan  con esa esperanzadora parcela de tierra virgen en el lejano oeste. Todos menos Jacobo Esquela. Jacobo  tiene una tienda de peladillas: peladillas blancas, rosas, azules y piñones apeladillados.  Peladillas que embolsa en celofán, anuda con lazo rojo y golpea tres veces con un San Pancracio de goma y aureola mordisqueada . Esta Navidad ha vendido doscientas mil peladillas. Trescientas cincuenta mil peladillas menos que el año pasado. Y está que trina. De pagar cada vez más impuestos. De ganar cada vez menos y de arrastrar una enorme cadena que acaba en bola de cañón con el logo de La Caixa dibujado: la estrella de la muerte. Pero Jacobo tiene un plan: piensa secuestrar al Rey de la Navidad. Una tarde  el Barbash acude a su tienda atraído por un sabroso cebo: empanada de peladillas gratis. Aunque en la mente de Jacobo sólo anda la idea de trocearlo junto con su tenebroso tesoro de presupuestos del estado: “materia prima para el relleno de mis peladillas for free”. El Barbash engulle empanada cual triceratops desbocado dejando a sus molares al borde de una caries letal. Jacobo aprovecha su distracción para acercarse por detrás con una bolsa de celofán en la que,  tras un coreografiado forcejeo,   mete la cabeza de El Barbash y anuda con un lacito. El Barbash vé pasar su vida en fotogramas salpicados por gotelé de peladillas.  Jacobo,  llevado por la mecánica rutina peladillera , le golpea tres veces con el San Pancracio: no buscando suerte sino un trauma craneo-encefálico que resultaría exitoso si el santito fuera de titanio y no de plástico. El Barbash, tras pasar por toda una gama de pantones  púrpura,  se queda sin oxígeno y perece, muere, la espicha. Jacobo contempla al rey cadáver con semblante macilento y desubicado: tendría que estar contento pero le pesa la faena que le espera para convertir aquella mole en picadillo. El trinomio “pícaro-vago-lo dejo todo a medias” también se estila mucho en este país. Así que tras meditarlo con “San Pacras” un par de segundos, decide enterrar al Barbash en el jardín, sembrar patatas cebolleras y seguir con sus peladillas en quiebra. Y ya vendrán tiempos mejores. O no. Nif. Snif. Fin!
 

No comments:

Post a Comment